- El análisis global encuentra transiciones bruscas hacia precipitación extrema después de aproximadamente el 32% de los episodios de sequía estudiados.
- La velocidad con la que cae la humedad del suelo y la duración del episodio seco se relacionan con mecanismos atmosféricos y tipos de lluvia posteriores diferentes.
Pasar en poco tiempo de una sequía a lluvias extremas puede multiplicar los daños porque un territorio sometido durante semanas o meses a estrés hídrico no necesariamente está preparado para recibir grandes cantidades de agua de forma repentina. Un estudio global publicado en Nature Communications calcula que este tipo de transición apareció después de aproximadamente el 32% de las sequías analizadas y muestra que la manera en que se desarrolla el episodio seco aporta información sobre lo que puede suceder posteriormente.
Los investigadores estudiaron episodios ocurridos entre 1951 y 2020 y dividieron cada transición en una fase seca y otra húmeda. La frecuencia de estos cambios aumentó significativamente en el 58% de las 26 regiones climáticas consideradas mediante la clasificación SREX del IPCC. El resultado no significa que cada sequía tenga una probabilidad fija del 32% de terminar en una inundación, porque el riesgo varía según región, intensidad, duración y condiciones atmosféricas.
Una de las claves está en cómo pierde humedad el suelo. Las sequías que se desarrollaron rápida e intensamenteestuvieron asociadas con precipitaciones posteriores que aparecían antes y tenían un carácter más convectivo, especialmente en zonas de transición climática de latitudes medias y altas. En estos casos, los cambios de humedad y energía entre superficie y atmósfera pueden favorecer procesos capaces de alimentar tormentas intensas.
El patrón fue diferente cuando la sequía era más prolongada y severa. Estos episodios tendían a relacionarse con precipitaciones extremas más tardías y de carácter más estratiforme, particularmente en zonas áridas y tropicales. Los autores calculan que las características de desarrollo de la sequía aportaron alrededor del 25,7% de la información predictiva utilizada para diferenciar los episodios que después estuvieron acompañados por lluvia extrema de aquellos que no.
La investigación analiza asociaciones y mecanismos a escala global mediante datos y modelos y no constituye un sistema operativo capaz de anunciar con certeza una inundación concreta semanas antes. La precipitación extrema depende también de circulación atmosférica, disponibilidad de humedad, topografía y sistemas meteorológicos regionales. El interés del trabajo está en incorporar la historia de la sequía como una variable adicional, en lugar de estudiar la fase húmeda de forma completamente independiente.
Esa información puede ser relevante para gestión de embalses, agricultura y sistemas de alerta. Un periodo seco intenso suele centrar la atención en falta de agua e incendios, pero si determinadas características aumentan posteriormente el riesgo de precipitación extrema, las medidas de adaptación deben contemplar ambos extremos de manera conjunta. El estudio plantea precisamente que sequía e inundación pueden formar parte de una misma secuencia climática y no siempre deben tratarse como amenazas separadas.









