- Un estudio en Science Advances reconstruye las condiciones ambientales que precedieron a la epidemia registrada entre 2017 y 2018 en Minas Gerais.
- Los investigadores detectan una sequía excepcional dentro del registro analizado, pero no concluyen que la falta de lluvia sea por sí sola suficiente para provocar brotes.
Una combinación poco habitual de condiciones climáticas pudo contribuir a preparar el escenario para el gran brote de fiebre amarilla registrado en Brasil entre 2017 y 2018. Un estudio publicado en Science Advances analiza la evolución de la sequía antes de la epidemia y busca comprender cómo los extremos ambientales pueden alterar la transmisión del virus entre primates y mosquitos.
El trabajo se centra en Minas Gerais, uno de los territorios más afectados por aquella expansión. Los investigadores describen el episodio previo como una sequía excepcionalmente intensa y estiman que superó incluso la magnitud correspondiente a un fenómeno que estadísticamente aparecería aproximadamente una vez cada cien años en el registro analizado.
La fiebre amarilla tiene una dinámica ecológica compleja. En las zonas selváticas de América, el virus circula entre primates no humanos y determinadas especies de mosquitos. Las personas pueden infectarse cuando entran en contacto con ese ciclo, por lo que cambios ambientales capaces de modificar poblaciones animales, disponibilidad de recursos o comportamiento de los vectores pueden alterar las oportunidades de transmisión.
El estudio intenta precisamente reconstruir esa cadena y no reducirla a una asociación simple entre temperaturas altas o falta de lluvia y enfermedad. Una sequía puede modificar simultáneamente la vegetación, la distribución de los animales y los lugares donde se concentran mosquitos y hospedadores.
Los autores estudian el brote de 2017-2018 porque supuso una expansión extraordinaria de la fiebre amarilla en Brasil después de décadas sin un episodio comparable en algunas de las zonas afectadas. La investigación considera que las condiciones hidrológicas previas pueden ayudar a explicar por qué la transmisión alcanzó una magnitud tan excepcional.
La conclusión no permite afirmar que una sequía provoque automáticamente un brote de fiebre amarilla. Las enfermedades transmitidas por vectores dependen de numerosos factores simultáneos, incluidos la presencia del virus, los mosquitos competentes, las poblaciones susceptibles, la movilidad y las condiciones ecológicas.
Tampoco se trata de una predicción específica sobre Europa o España. El ciclo selvático estudiado corresponde a Brasil y a su propia combinación de especies y ecosistemas.
La importancia climática del trabajo reside en otra cuestión: si determinados fenómenos extremos modifican sistemáticamente las relaciones entre vectores y hospedadores, los modelos epidemiológicos pueden necesitar incorporar con mayor precisión no solo las temperaturas medias, sino también la sucesión y duración de sequías, lluvias y otras alteraciones ambientales.
Los autores relacionan esta cuestión con un clima en transformación, pero los resultados deben interpretarse dentro de los límites de un estudio sobre un episodio concreto. No permiten atribuir automáticamente el brote de 2017-2018 al cambio climático antropogénico ni extrapolar exactamente el mismo mecanismo a otras enfermedades transmitidas por mosquitos.









